"a future was lost yesterday as easily and irretrievably as a tennis ball at twilight" Sylvia Plath
lunes, 15 de febrero de 2010
lunes, 8 de febrero de 2010
cecilia
“ Tu muerte nos separa, mi muerte no nos unirá…”
Simone de Beauvoir
Las palabras jamás tendrán la misma fuerza que los hechos, éstas carecen de aroma, sonido, del color de las paredes clavándose para siempre en un lugar importante en la memoria, la visión de los cuadros familiares, con los hijos sonriendo desde un pasado no muy lejano, irrecuperable, las palabras son reversibles, volátiles, vacías de esa mirada del otro que juzga irremediablemente mientras va cerrando los ojos, y pareciera querer decir algo, pero su voz se diluye en un sonido minúsculo, inaudible, hasta que finalmente comienza a aflojar los músculos de su mano aprisionando unos dedos helados, culpables, en una última señal de complicidad.
Cecilia no se permitió el llanto como último recurso del arrepentimiento, encendió el televisor, para amortiguar el silencio en el que repentinamente se había sumido la recámara, el ambiente aún tenía ese olor característico de los hospitales, una mezcla de dolor e inconsciencia, de alcohol y sustancias sin nombre; prendió un cigarro, más para ahuyentar el olor que por una verdadera necesidad, apagó su celular, y miró con desdén el teléfono sobre la mesa de noche, anticipando que en las primeras horas de la mañana su hija llamaría para preguntar por su padre, como si de alguna mágica manera las cosas pudieran cambiar, sintió de repente ese gesto de preocupación ciertamente ridículo y exagerado, pensó en desconectar el cable, para arrepentirse segundos después, por si pudiera levantar sospechas, y ensayando su gesto de pretendida normalidad, volvió su rostro hacia el melodrama que ofrecía la cadena nacional a las nueve de la noche.
Cecilia era plenamente consciente de haber alterado el plan inicial, pero algo había ocurrido en el último instante; un chispazo de egoísmo, un grito de libertad tardío, no pudo definirlo, y cómodamente volvió a refugiarse en su débil argumento de las palabras, sin pensar siquiera que sus actos podían ser considerados una traición, o incluso algo peor, encendió un cigarro más y volvió a la cama, extrañó de inmediato el calor del otro cuerpo mordiendo sus costados, esa rodilla huesuda clavándose impiadosa en su muslo derecho, la respiración entrecortada, volviéndose más dificultosa con el pasar de los días, su olor permanecía, disfrazado por ungüentos y antisépticos, recordándole que no había marcha atrás, Cecilia quiso reprenderse, se había preparado durante meses para enfrentar ese instante en que el sentido de lo irremediable se instalara para siempre en su realidad, quiso aguantar las lágrimas que amenazaban con fluir, hundió la cabeza en la almohada, se mordió los labios hasta hacerlos sangrar, y lentamente extendió su mano hasta el brazo rígido que había caído sobre la cama como un trozo de madera, pesada, fría, inservible, estrechó sus manos y en la penumbra buscó los labios entreabiertos, imaginándolos trazando una palabra que ya no podría escuchar. Se abrazó a su torso desnudo, inmóvil, cerró los ojos, buscando remontar su memoria a otros tiempos, cuando no había decisiones definitivas que tomar, y el futuro se abría promisorio ante sus ojos, la historia había comenzado treinta y dos inviernos atrás, y hoy por fin el ciclo se cerraba sin posibilidad de continuación, y había sido ella la mano ejecutora, quien había clausurado para siempre las páginas del libro de los días compartidos.
Cecilia encontró a Gonzalo cuando ni siquiera se había adentrado en la segunda década de su vida, y fue ella quien decidió el futuro en ese preciso instante, cuando lo vio cruzar el umbral de la puerta, con un aire de grandeza que buscaba ocultar una creciente tendencia a la soledad, un libro bajo su brazo lo delataba, era un ejemplar de esa misma especie de los “raros”, ésos que se preocupan más por una buena charla que por un par de piernas perfectas. No pasaron muchas semanas, antes de que sus vidas , decidieran de algún modo ejecutar esa fabulosa danza de patologías y complejidades que son siempre las relaciones humanas, sin derechos de exclusividad y siempre basándose en la premisa de respetar la individualidad del otro, caminaron por terrenos escabrosos, difíciles, casi siempre al borde del abismo, apostándose el todo por el todo en cada cuerpo nuevo que sus manos descubrían, para regresar siempre al mismo puerto, a la misma calma empalagosa, a esa rutina de confidencias y desvelos, antes de que su fortaleza se convirtiera en un campo de batalla, plagado de crayolas, juguetes, y gritos infantiles, como cualquier otra pareja, la vida continuó su interminable ciclo, con el paso de los años llegaron los hijos, las aventuras se espaciaron, lo cotidiano comenzó a tejer sus intrincadas redes, sin lograr romper el vínculo.
Habían pasado ya quince años, cuando Gonzalo planteó la posibilidad de la muerte, como es obvio, a los veinte años, la muerte es apenas una obscura abstracción, algo que simplemente no te pertenece, pero a los treinta, las cosas cambian, cuando se observa que los padres van deteriorándose sin decoro y sin paciencia, uno se da cuenta que de alguna manera la muerte llegará, ineludible, en algún cruce inesperado, o anunciada de antemano.
Cuando la madre de Gonzalo agonizaba en su cama donde había permanecido por más de dos años, él propuso a Cecilia un trato, una última complicidad, definitiva, terminal, en el momento en el que uno de los dos estuviera imposibilitado para valerse por sí mismo, el otro buscaría proporcionarle una muerte simple, indolora, antes de cortar los hilos de su propia vida, lo que Gonzalo deseaba era un último momento en paz, compartido, tal como había sido su vida, partir juntos en esa especie de grand finale cinematográfico, lo que cualquier otra persona hubiera podido ver como un acto suicida y egoísta, a ella en ese momento le pareció justo, y hasta poético, aceptó de buena gana, antes de apagar las luces e irse a dormir como cualquier otro día.
Dieciséis años más tarde, cuando Gonzalo comenzó a tener problemas respiratorios, y a pesar de los constantes y costosos tratamientos su salud parecía no mejorar, Cecilia supo que el momento no estaba muy lejano, estoica, aceptaba su destino, había comenzado a preparar los papeles que otorgarían sus bienes a sus hijos, y a su modo a despedirse del mundo, él no había vuelto a mencionar el trato, pero ambos sabían que las palabras no eran necesarias. Su salud se había ido deteriorando más rápidamente en los últimos dos meses, el médico había sugerido comprar un tanque de oxígeno para hacerle más fácil la respiración, él negó con la cabeza ante la propuesta, y una mañana de agosto, al intentar levantarse y caer estrepitosamente sobre el colchón, manchado de sangre y desechos, Gonzalo tomó la mano de Cecilia y le dijo “ya es tiempo”, ella asintió con la cabeza, llamó a sus hijos para comer todos juntos, y cuando el sol se ocultó, con lágrimas en los ojos, sacó del último cajón de la mesa de noche dos jeringas y las ampolletas que meses atrás había comprado en una tienda para mascotas. Gonzalo respiraba con dificultad, ella se recostó a su lado, apretó su cabeza contra el pecho, lo besó en los labios, con un beso tímido y apenas perceptible, como cerrando el pacto, tomó su brazo con manos temblorosas e insertó la aguja, él se dejó hacer, y al terminar, acercó sus labios al oído y le dijo en un susurro “te estaré esperando”, ella le sonrió, besándole la frente mientras él, poco a poco comenzaba a dejarse ir, sujetó su mano, y ella la sostuvo hasta que la sintió rígida, fría, su respiración cesó, y supo que todo había terminado, y ahora era su turno, sin embargo, algo en ella le impidió tomar la jeringa y completar el acto, tenía cincuenta años, y mil razones para seguir viviendo, y si no las tenía, aún podía inventarlas, era consciente de que una gran parte de su vida se terminaba en ese momento, sin embargo, el camino a pesar de abrirse ante ella como cubierto por una espesa niebla, le invitaba a recorrerlo, en algún momento encontraría el consuelo, eliminaría la culpa, pensando que fue lo mejor para él, muchas veces el amor no necesariamente debe estar relacionado con la vida, el amor es también no dejar que el otro fuera sometido a un dolor indescriptible solamente por mantenerlo a su lado, sabía que su acto podía ser calificado de muchas maneras, decirlo había sido tan sencillo, pero ahora, la realidad la sobrepasaba, dio vueltas de la cocina a la recámara más de diez veces, tratando de encontrar alguna respuesta, sin lograrlo, le había fallado, en el último momento, no había sido capaz de acompañarlo, era una traidora, pero seguía viva, respirando, sintiendo una mordaz culpa que amenazaba con envolverlo todo, pero incluso la culpa le recordaba que aún vivía.
Tras una muy mala noche, despertó esperando puerilmente que se tratara de un mal sueño, no era así, la piel de Gonzalo había comenzado a teñirse de un gris ceniciento, así que lo cubrió con una sábana, y se dispuso a llamar a sus hijos, para decirles que su padre había muerto durante la noche, nadie conocía el trato, alegaría que una autopsia no era necesaria, metió las jeringas y ampolletas en una bolsa de plástico que guardó entre sus cosas personales, sabía que no habría una investigación, Gonzalo estaba muy enfermo y nadie dudaría de las causas de su muerte, la culpa era solamente suya, pero la guardaría para sí misma, fue entonces cuando dejó escapar el llanto, mientras abría las ventanas y sentía como el sol acariciaba su piel, un viento suave besándole la cara logró dibujarle un remedo de sonrisa, y entonces pensó que nunca antes se había sentido más viva.
Simone de Beauvoir
Las palabras jamás tendrán la misma fuerza que los hechos, éstas carecen de aroma, sonido, del color de las paredes clavándose para siempre en un lugar importante en la memoria, la visión de los cuadros familiares, con los hijos sonriendo desde un pasado no muy lejano, irrecuperable, las palabras son reversibles, volátiles, vacías de esa mirada del otro que juzga irremediablemente mientras va cerrando los ojos, y pareciera querer decir algo, pero su voz se diluye en un sonido minúsculo, inaudible, hasta que finalmente comienza a aflojar los músculos de su mano aprisionando unos dedos helados, culpables, en una última señal de complicidad.
Cecilia no se permitió el llanto como último recurso del arrepentimiento, encendió el televisor, para amortiguar el silencio en el que repentinamente se había sumido la recámara, el ambiente aún tenía ese olor característico de los hospitales, una mezcla de dolor e inconsciencia, de alcohol y sustancias sin nombre; prendió un cigarro, más para ahuyentar el olor que por una verdadera necesidad, apagó su celular, y miró con desdén el teléfono sobre la mesa de noche, anticipando que en las primeras horas de la mañana su hija llamaría para preguntar por su padre, como si de alguna mágica manera las cosas pudieran cambiar, sintió de repente ese gesto de preocupación ciertamente ridículo y exagerado, pensó en desconectar el cable, para arrepentirse segundos después, por si pudiera levantar sospechas, y ensayando su gesto de pretendida normalidad, volvió su rostro hacia el melodrama que ofrecía la cadena nacional a las nueve de la noche.
Cecilia era plenamente consciente de haber alterado el plan inicial, pero algo había ocurrido en el último instante; un chispazo de egoísmo, un grito de libertad tardío, no pudo definirlo, y cómodamente volvió a refugiarse en su débil argumento de las palabras, sin pensar siquiera que sus actos podían ser considerados una traición, o incluso algo peor, encendió un cigarro más y volvió a la cama, extrañó de inmediato el calor del otro cuerpo mordiendo sus costados, esa rodilla huesuda clavándose impiadosa en su muslo derecho, la respiración entrecortada, volviéndose más dificultosa con el pasar de los días, su olor permanecía, disfrazado por ungüentos y antisépticos, recordándole que no había marcha atrás, Cecilia quiso reprenderse, se había preparado durante meses para enfrentar ese instante en que el sentido de lo irremediable se instalara para siempre en su realidad, quiso aguantar las lágrimas que amenazaban con fluir, hundió la cabeza en la almohada, se mordió los labios hasta hacerlos sangrar, y lentamente extendió su mano hasta el brazo rígido que había caído sobre la cama como un trozo de madera, pesada, fría, inservible, estrechó sus manos y en la penumbra buscó los labios entreabiertos, imaginándolos trazando una palabra que ya no podría escuchar. Se abrazó a su torso desnudo, inmóvil, cerró los ojos, buscando remontar su memoria a otros tiempos, cuando no había decisiones definitivas que tomar, y el futuro se abría promisorio ante sus ojos, la historia había comenzado treinta y dos inviernos atrás, y hoy por fin el ciclo se cerraba sin posibilidad de continuación, y había sido ella la mano ejecutora, quien había clausurado para siempre las páginas del libro de los días compartidos.
Cecilia encontró a Gonzalo cuando ni siquiera se había adentrado en la segunda década de su vida, y fue ella quien decidió el futuro en ese preciso instante, cuando lo vio cruzar el umbral de la puerta, con un aire de grandeza que buscaba ocultar una creciente tendencia a la soledad, un libro bajo su brazo lo delataba, era un ejemplar de esa misma especie de los “raros”, ésos que se preocupan más por una buena charla que por un par de piernas perfectas. No pasaron muchas semanas, antes de que sus vidas , decidieran de algún modo ejecutar esa fabulosa danza de patologías y complejidades que son siempre las relaciones humanas, sin derechos de exclusividad y siempre basándose en la premisa de respetar la individualidad del otro, caminaron por terrenos escabrosos, difíciles, casi siempre al borde del abismo, apostándose el todo por el todo en cada cuerpo nuevo que sus manos descubrían, para regresar siempre al mismo puerto, a la misma calma empalagosa, a esa rutina de confidencias y desvelos, antes de que su fortaleza se convirtiera en un campo de batalla, plagado de crayolas, juguetes, y gritos infantiles, como cualquier otra pareja, la vida continuó su interminable ciclo, con el paso de los años llegaron los hijos, las aventuras se espaciaron, lo cotidiano comenzó a tejer sus intrincadas redes, sin lograr romper el vínculo.
Habían pasado ya quince años, cuando Gonzalo planteó la posibilidad de la muerte, como es obvio, a los veinte años, la muerte es apenas una obscura abstracción, algo que simplemente no te pertenece, pero a los treinta, las cosas cambian, cuando se observa que los padres van deteriorándose sin decoro y sin paciencia, uno se da cuenta que de alguna manera la muerte llegará, ineludible, en algún cruce inesperado, o anunciada de antemano.
Cuando la madre de Gonzalo agonizaba en su cama donde había permanecido por más de dos años, él propuso a Cecilia un trato, una última complicidad, definitiva, terminal, en el momento en el que uno de los dos estuviera imposibilitado para valerse por sí mismo, el otro buscaría proporcionarle una muerte simple, indolora, antes de cortar los hilos de su propia vida, lo que Gonzalo deseaba era un último momento en paz, compartido, tal como había sido su vida, partir juntos en esa especie de grand finale cinematográfico, lo que cualquier otra persona hubiera podido ver como un acto suicida y egoísta, a ella en ese momento le pareció justo, y hasta poético, aceptó de buena gana, antes de apagar las luces e irse a dormir como cualquier otro día.
Dieciséis años más tarde, cuando Gonzalo comenzó a tener problemas respiratorios, y a pesar de los constantes y costosos tratamientos su salud parecía no mejorar, Cecilia supo que el momento no estaba muy lejano, estoica, aceptaba su destino, había comenzado a preparar los papeles que otorgarían sus bienes a sus hijos, y a su modo a despedirse del mundo, él no había vuelto a mencionar el trato, pero ambos sabían que las palabras no eran necesarias. Su salud se había ido deteriorando más rápidamente en los últimos dos meses, el médico había sugerido comprar un tanque de oxígeno para hacerle más fácil la respiración, él negó con la cabeza ante la propuesta, y una mañana de agosto, al intentar levantarse y caer estrepitosamente sobre el colchón, manchado de sangre y desechos, Gonzalo tomó la mano de Cecilia y le dijo “ya es tiempo”, ella asintió con la cabeza, llamó a sus hijos para comer todos juntos, y cuando el sol se ocultó, con lágrimas en los ojos, sacó del último cajón de la mesa de noche dos jeringas y las ampolletas que meses atrás había comprado en una tienda para mascotas. Gonzalo respiraba con dificultad, ella se recostó a su lado, apretó su cabeza contra el pecho, lo besó en los labios, con un beso tímido y apenas perceptible, como cerrando el pacto, tomó su brazo con manos temblorosas e insertó la aguja, él se dejó hacer, y al terminar, acercó sus labios al oído y le dijo en un susurro “te estaré esperando”, ella le sonrió, besándole la frente mientras él, poco a poco comenzaba a dejarse ir, sujetó su mano, y ella la sostuvo hasta que la sintió rígida, fría, su respiración cesó, y supo que todo había terminado, y ahora era su turno, sin embargo, algo en ella le impidió tomar la jeringa y completar el acto, tenía cincuenta años, y mil razones para seguir viviendo, y si no las tenía, aún podía inventarlas, era consciente de que una gran parte de su vida se terminaba en ese momento, sin embargo, el camino a pesar de abrirse ante ella como cubierto por una espesa niebla, le invitaba a recorrerlo, en algún momento encontraría el consuelo, eliminaría la culpa, pensando que fue lo mejor para él, muchas veces el amor no necesariamente debe estar relacionado con la vida, el amor es también no dejar que el otro fuera sometido a un dolor indescriptible solamente por mantenerlo a su lado, sabía que su acto podía ser calificado de muchas maneras, decirlo había sido tan sencillo, pero ahora, la realidad la sobrepasaba, dio vueltas de la cocina a la recámara más de diez veces, tratando de encontrar alguna respuesta, sin lograrlo, le había fallado, en el último momento, no había sido capaz de acompañarlo, era una traidora, pero seguía viva, respirando, sintiendo una mordaz culpa que amenazaba con envolverlo todo, pero incluso la culpa le recordaba que aún vivía.
Tras una muy mala noche, despertó esperando puerilmente que se tratara de un mal sueño, no era así, la piel de Gonzalo había comenzado a teñirse de un gris ceniciento, así que lo cubrió con una sábana, y se dispuso a llamar a sus hijos, para decirles que su padre había muerto durante la noche, nadie conocía el trato, alegaría que una autopsia no era necesaria, metió las jeringas y ampolletas en una bolsa de plástico que guardó entre sus cosas personales, sabía que no habría una investigación, Gonzalo estaba muy enfermo y nadie dudaría de las causas de su muerte, la culpa era solamente suya, pero la guardaría para sí misma, fue entonces cuando dejó escapar el llanto, mientras abría las ventanas y sentía como el sol acariciaba su piel, un viento suave besándole la cara logró dibujarle un remedo de sonrisa, y entonces pensó que nunca antes se había sentido más viva.
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