jueves, 24 de febrero de 2011

23 de febrero

Un año más ha pasado, y hoy no lo olvidé, sé perfectamente que es tu cumpleaños, y no quiero excusarme porque estoy ensayando esta nueva personalidad, ser alguien que finalmente afronta la realidad con sus consecuencias, porque a pesar de que pueda yo nombrarte en una lista interminable de minucias cotidianas, no me regalé esos minutos para escuchar tu voz del otro lado del teléfono, no te regalé a ti esa certeza de que me importas, de que a pesar de mis constantes silencios y mis obvias ausencias, te quiero, y probablemente sólo iba a llamarte para decirte esa suerte de perogrullo que son siempre las felicitaciones de cumpleaños, pasátela súper, que todos tus sueños se hagan realidad, aunque honestamente sabemos que eso es prácticamente imposible, y no lo digo con el afán de menospreciar tu vida o tu situación actual, lo hago, en un acto de honestidad y conocimiento de causa, porque sé perfectamente que tu vida no es ni siquiera medianamente lo que esperabas, y que a pesar de que yo te envíe doscientos millones de abrazos, y cuatrocientos mil buenos deseos, mañana volverás a despertar a la misma mierda de siempre, a la llovizna de todos los días, al asco de enfrentarte al espejo y no encontrarte o al menos no encontrar lo que deseas, a la misma sensación de vacío cuando extiendes la mano y al parecer es otra mano extraña la que llega al encuentro, y sé perfectamente que volteas hacia atrás y no te arrepientes porque no eres de ese tipo, y sé que miras a tu hija a los ojos y encuentras razones para voltear al mundo y ponerlo a tu favor, y sé perfectamente que con el mismo entusiasmo que tejes teorías para solucionarlo todo, llega la noche y te derrumbas, con el estómago vacío y la cabeza atiborrada de cosas pendientes, deudas, medicinas, proyectos inconclusos, ausencias mallogradas, amigos que no están, y sé perfectamente que quisieras gritar, salir a la calle, arrancarte la blusa, y decir en pie de voz "Me está cargando..." pero a lo sumo, encenderás un cigarro en la penumbra al cobijo del frío nocturno, y dejarás que el humo ahuyente esos malos pensamientos de tu cabeza, porque finalmente debes guardar la compostura, mantener el corazón calmo y la mente fría, porque sabes que hay alguien que ahora te necesita, y no con esa necesidad carnal, desesperada, como la que creíste conocer, sino con una necesidad simple, sin cuestionamientos, ni pretextos, sin dobleces, ni aspavientos, y es lindo, al final del día, es sobrecogedora la sensación de ser lo más importante en la vida de alguien, ser la mano creadora y modeladora de esa criatura que te mira con ojos de desconcierto, sin alcanzar a comprender que has renunciado a tu vida, a tus sueños, a tu maquillaje y a los desvelos, a los cigarros, y a esa bendita irresponsabilidad de la vida de los solitarios, por ella, y quizá nunca lo sepa, y peor aún, quizá nunca lo valore, pero sé también que no te importa, porque es suficiente mirarla allí sentada, sabiendo que está viva porque tú lo has logrado, y te sentirás tan orgullosa, casi al punto de las lágrimas, y no sabrás si son lágrimas de felicidad, o de llana desesperación...
Y finalmente esta carta era para ti, y digo era, como la más clara comprobación de que ya no somos tú, Estela, la mujer, la amiga, la hermana, ya no soy yo, la cómplice, somos apenas bosquejos de eso que algún día fuimos, y lo peor es que no lo hemos elegido así, finalmente la vida nos ha llevado lejos, físicamente, sin embargo, a pesar de que no siempre lo acepte o lo diga a viva voz, te extraño, porque en toda esta media década en que tu ausencia se me aparece de cuando en cuando en los rincones, donde ya no te busco, pero te nombro, acaso como un conjuro, para que la soledad no me caiga despiadada sobre los hombros, acaso para no olvidar tu nombre, quizá sólo para tener la certeza de que existes fuera de mi cabeza; no ha llegado ninguna mujer que haya sido capaz de llenar el vacío que dejaste en mi vida, no he podido hacer esa maravillosa conexiòn que hicimos a través de una ventana lluviosa entre unos discos del VIPS, esas ganas de que llegara la noche para encontrarnos en la mesa del café y desmenuzarnos el día, y llenarnos de humo los pulmones, mientras las noches se hacían cortas al vaivén de las palabras, de verdad extraño esas caminatas bajo el frío y la soledad del filo de la madrugada, esas interminables partidas de dominò, y para que te des una idea de què tan descabelladamente te extraño, hasta las pelìculas de artes marciales, que insistìas en ponerme. Pero como te decìa antes, es tan difícil aceptar que todo aquello ha quedado atrás, que esa vida ya no nos pertenece, y probablemente no volverá a ser nuestra, conforme el tiempo va pasando me doy cuenta que mucho de este proceso de volverse vieja tiene muchísimo que ver con renunciar, con resignarse, con aceptar que ya no habrá más, que no estaremos de nuevo juntas como estuvimos en algún momento, sin embargo, algo podremos rescatar, ¿no?...
Sé que estos intentos míos por buscarte, por cruzar las barreras, no son suficientes, y como te decía antes, no quiero excusarme, pero tampoco quiero que pienses que no me importas, en verdad, me importas, y te quiero tanto, que si estuviera en mis manos, esta carta te la estaría entregando yo, pero sabemos que eso no es posible, y que ojalá todo salga bien y podamos en algunos meses tenernos frente a frente y escupirnos a la cara las verdades, y compartamos un par de lágrimas furtivas, y podamos de nuevo cerrar nuestro encuentro con un abrazo, como ése, de aquella noche, de hace ya casi tres años, cuando nos sobraron las palabras y ambas supimos que ya todo se habìa dicho, y que finalmente ambas comprendìamos perfectamente lo que la otra necesitaba decir... Por eso es que te extraño, esa comunión no es fácil encontrarla con cualquiera,mientras tanto, me quedaré acá deseando tener noticias tuyas...

viernes, 18 de febrero de 2011

El juego final

Era ya la cuarta copa que Carlos servía, la segunda de Claudia, mientras Hugo miraba solamente cómo las cosas se iban tornando a su favor. Claudia siempre había sido poco menos que una esclava de los deseos malsanos de Carlos y Hugo sabía perfectamente que la dinámica se tornaba más íntima en perfecta relación con la cantidad de alcohol ingerida.
No pasaron muchos minutos para que Carlos mencionara la ya trillada historia de su relación abierta y cómo ambos podían sin ningún arrepentimiento encontrar placer en otros cuerpos, en realidad Hugo nunca la había deseado, sus manos toscas, ese andar indiscreto y su desfachatez para decir las cosas lo intimidaban, además de esa pregonada lealtad masculina, ella era la mujer de Carlos, y ambos habían compartido miles de historias desde su incipiente pubertad, pero finalmente, qué hombre en su sano juicio rechaza a una mujer desnuda y complaciente en plena madrugada, entre un hombre y sus deseos, la lealtad es poco menos que un estorbo, así que mientras Carlos hablaba interminablemente acerca de algún viaje o probablemente de sus hijos, la mente de Hugo divagaba entre un pezón y otro, en la curva de una espalda desconocida a sus manos, en el sabor de una boca distinta, con olor a ron y a tabaco, una lengua ávida y rasposa, exigente y entregada.
Hugo se sirvió una copa porque sus manos nerviosas comenzaban a delatarlo, sentía el sudor resbalarse por entre sus piernas, y al parecer Claudia había notado sus dagas obscuras clavarse en su escote, puesto que lo miraba de frente, casi retándolo a hacer algo, a decir algo, pero sabía perfectamente que era demasiado cobarde para tomar la inciativa.
En realidad, Claudia no sentía la más mínima atracción por el amigo de Carlos, era simplemente un accesorio, una presencia necesaria, un silencio personificado, así le gustaba describirlo cuando Carlos no estaba, le parecía demasiado tibio, muy simple, horriblemente gris, y con pocos dotes para la conversación, sin embargo, Carlos se había encargado de mitificar las capacidades sexuales de su amigo, quizá como una prueba de fuego, a ver si lograba interesarla, probablemente sólo para reforzar su ego, cuando Claudia se opusiera al morboso experimento.
Habían comenzado a jugar cartas cuando Carlos se había servido ya la sexta copa, y Claudia la cuarta, Hugo dudaba con la tercera, puesto que no acostumbraba a beber, sentía como la sangre se iba calentando, y un conocido cosquilleo amenazaba con alcanzarle la entrepierna.
Las cartas iban y venían de un lado a otro de la mesa, Hugo inetntaba disfrazar su nerviosismo llenando el silencio con palabras gastadas, con anécdotas de sobra conocidas ya por todos, y de obviedades respecto al clima, la inseguridad, el trabajo, y cualquier pequeñez que se le viniera a la cabeza, como tratando de algún modo, desviar el que él pensaba, era un tema inminente, y que a pesar de sus temores, y su aparente animadversión, de alguna manera oculta, deseaba, Carlos parecía rodearlo de una manera segura, como el cazador que conoce perfectamente las debilidades de su presa y las irregularidades del terreno, hablaba sobre mujeres, pero cuando el tempa parecía ponerse demasiado íntimo, tomaba un atajo y cambiaba la conversación; Hugo estaba ya desesperado, la expectación había ido consumiendo su paciencia y su cordura, y a pesar de no desear a Claudia de una forma conciente, ahora lo único que llenaba su cabeza era su cuerpo desnudo, mirando abnegadamente al piso, mientras Carlos desde la puerta los miraba, como un director de cine, orgulloso de sus logros, Claudia, notaba las miradas insistentes de Hugo, y no pudo dejar de imaginar el gran miembro de Hugo, tratando de salir para encontrarse con su boca, sus manos toscas introduciéndose impiadosas entre sus piernas. Si bien era cierto que Claudia era tan feliz como cualquier otra mujer puede ser con una relación a largo plazo, y no deseaba involcurarse en una aventura extramarital, era verdad que Carlos había logrado despertar su curiosidad con sus constantes comentarios sobre Hugo, a pesar de cencontrarlo sin gracia e incluso hasta ligeramente desagradable, probablemente la atmósfera viciada, los ojos de Hugo creándole una nueva identidad, deseada, renovada, recién inventada por sus ganas, quizá también era el alcohol, que parecía bajar de su garganta a su estómago como una lengueta de fuego, besándole las entrañas, pidiéndole compañía.
Conforme las horas fueron pasando y la botella quedándose vacía, ambos fueron perdiendo la esperanza de que las cosas sucedieran del modo deseado por ambos.
Ella se levantó de la mesa, con la mirada baja, tratando de disimular el rubor que sentía ahora dueño de sus pálidas mejillas, Carlos notó su marcado nerviosismo, y bromeando le dijo que por qué no intentaban un juego dónde participaran los tres, ella comprendió el mensaje de inmediato, y contrario a ocasiones anteriores en las que ella rechazara de antemano la oferta, esta vez levantó el rostro, y mirándolo a los ojos de una forma que no dejaba lugar a dudas, lo tomó de la mano y le dijo, anda, vamos a hacer lo que siempre has querido, y le señaló una silla, para que observara, como tantas veces lo habían planeado, ella, alentó a Hugo, que nervioso, no sabía si cruzar el umbral de la puerta, lo tomó de la hebilla del pantalón, jalándolo hacia sus manos, que inquietas trataban de desentrañar el misterio oculto bajo la mezclilla. Acercó su rostro, para tomar su miembro, mientras Carlos miraba la escena como si fuera parte de un show televisivo, solo hasta que Claudia, presa de un inesperado frenesí, pasó de un rincón a otro del cuerpo de Hugo, mordiendo, tocando, descubriendo, mientras él, solamente trataba de desviar la mirada de su amigo, poner la mente en blanco, y dejar de pensar que era precisamente ella, ese cuerpo ahora completamente a su merced, esos pechos, con sabor a sal y a tabaco, esas manos que trepaban y bajaban por sus muslos y caderas, trataba de cerrar los ojos y dejarse llevar, para no darse cuenta, que dos lágrimas rodaban impiadosas por el rostro de Carlos, quien llegado el momento en que Claudia quedó de espaldas a él, se levantó de la silla, abrió la puerta de su casa por última vez , y salió a la calle.