jueves, 14 de julio de 2011

ESPIRAL

ESPIRAL
Victoria siempre ha tenido ese aire pueblerino, esa esencia de ciudad que no se decide a serlo, se despierta temprano, como una de esas ancianas solas a quien el primer rayo de sol las hace dar un modesto brinco de la cama para barrer la banqueta, alimentar a sus pájaros, preparar un monótono café que beberán despacio como para acortar su día.
Victoria abre los ojos a su plaza vencida, a su centro sin gente, a su río sin cauce, como yo, que abro los brazos sobre mi cama vacía, cuento con exactitud dieciséis minutos después de que el timbre del despertador irrumpe indeseable dentro de mi sueño, mientras mi mente se encarga de hilvanar increíbles telarañas sobre una vida alternativa que se quedo atrás, donde habitan las cosas que no pueden ser. Me levanto despacio, con una vejez prematura que ya pesa en mis talones, tomo un baño caliente a pesar del incesante sol, acosándome desde las siete de la mañana, y salgo, atándome trozos de rutina en el cabello mojado.
Despojada de todo, salí a la calle un miércoles de septiembre de 1997, con un ojo morado que me regaló mi padre, unos cuentos billetes amarrados en un calcetín, y una célula expansiva dentro de mi vientre.
Busqué a Carlos sin poder encontrarlo. Mi mundo pareció cerrarse de pronto, todos mis sueños enviados al carajo por tres minutos exactos bajo una fría escalera oyendo a Carlos susurrarme obscenidades al oído, y ahora estaba ahí, en la plaza del ocho, carente de esperanzas, padres, casa, escuela, asideros, mi propia vida.
Dediqué mas de dos horas a profundas reflexiones que iban desde abortar hasta dormir en la plaza o pagar un hotel esperando que papa cediera, por fin tome la decisión mas definitiva, irme lejos, lo mas lejos que pudiera. Me encamine a la central, tome un autobús de segunda que aumentó mis náuseas cotidianas, abrí los ojos en la central del norte, mareada por la multiplicidad de hombres, olores, voces, nalgas, piernas, rostros deambulando frente a mis narices sin lograr aprehender una sola. Tuve que sentarme para asimilar esta nueva realidad que había comprado, los billetes habían desaparecido cuando elegí el destino, y tenía hambre, así que recurrí al gastado truco de decir “Me han robado mi bolso y debo juntar para el pasaje”, los hombres son mas fáciles, puedes leerles la urgencia del miembro en las pupilas, y ante un rostro que no acaba de atravesar la adolescencia pocos pueden resistirse. Con las mujeres era más difícil, primero ponían una cara extraña, mientras dos dedos oprimían sus respectivos bolsos, para bajar los ojos y dar débilmente una respuesta negativa.
Los fondos recaudados me alcanzaron para una torta de milanesa con refresco, me subí al metro y llegue al zócalo, caminaba embelesada ante tantas cosas nuevas, sin alcanzar a acequiarlas todas, de pronto, un rostro ceniciento y anguloso me hizo detener mis pasos, un cuerpo delgado, enfundado en negro, me ofrecía pulseras y abalorios, Marco notó inmediatamente mi extranjería, y amablemente, para darme la bienvenida, terminamos sentados bebiendo cerveza en el cuarto que rentaba, donde después de quitarme la ropa le otorgué el permiso de entrar en mi cuerpo, y me quede allí durante los siguientes once meses.
Mi vientre fue creciendo aceleradamente sin que eso pareciera preocupar a Marco, quien detrás de su nube de humo penetraba vehementemente mi enorme cuerpo cada vez que se le antojaba.
Yo no me sentía muy bien, tanto beber cerveza, fumar yerba y tabaco parecían estar haciendo sus estragos. Pasaba el día tumbada en la cama, hilvanando cuentas de pulseras y collares, iba a la tienda a comprar frijoles y atún enlatados, a veces jamón, dependiendo como fueran las ventas.
Marco después de escucharme tararear mientras me bañaba a cubetazos de agua fría, me incito a cantar en los camiones, aludiendo a que tenía una buena voz, y una púber embarazada siempre es presa de los restos de piedad que aun embargan a más de un capitalino que al extender la moneda, lava un pedacito de su culpa privada.
Canté y canté hasta que mis pies hinchados como sapos, me obligaban a parar después de tres camiones, me sofocaba, apenas podía mantenerme en pie agarrada débilmente de un tubo de acero mientras entonaba dos boleros.
La oh gran ciudad es un monstruo de concreto añejo, una matriz inmensa llena de anónimas soledades, es una ciudad sin piedad, vive en ti, es inhabitable, es ella quien te obliga a acelerar el paso aun cuando tu cuerpo reclama descanso, hay que desconfiar de todos, hasta del hombre que te comparte su cama y sus frijoles enlatados, hasta de ti misma, sobre todo de ti misma.
Mi célula termino su expansión y salió a respirar el contaminado aire de este mundo una mañana de Mayo, a manos de una partera, en el mugriento cuarto que hacía las veces de un hogar.
Le llame Oliverio, un poco por venganza por haberme jodido la vida, y otro poco por un poeta que alguna vez vi en la televisión.
Amamantaba a Oliverio a todas horas, cada vez que lloraba me daban ganas de largarme, de ahogarlo en el lavabo, cual si de un gato se tratara, Marco se largaba maldiciendo ante cualquier mínimo ruido, había comenzado a traer coca, heroína, se había vuelto un distribuidor, con el pretexto de tener dinero para mantener a Oli, las jeringas reposaban siempre sobre la mesa, invitándome a huir hacia la maldita inconsciencia.
Comencé a tomar las drogas que Marco dejaba sobre la mesa y ya no escuchaba a Oli llorar, los amigos de Marco le daban leche con chocolate en un biberón improvisado, ya no quería saber más, hundida como estaba en mi infinita soledad.
Una mañana de junio desperté cuando sentí un tirón de cabellos que me arrancaba del sueño, los gritos de Marco reclamándome la droga que me había inyectado; me tumbó de un puñetazo en la cara, la sangre salpicó las paredes ajadas, yo reía a carcajadas, tambaleante me lavé la cara y salí a cantar para pagar algo que me hiciera sobrevivir la noche.
Cuando llegué, Oli no estaba, y me sentí presa de una inusual desesperación “lo vendí” dijo Marco con sarcástica sonrisa.
Salí corriendo como si escapara de mi misma, caminé por calles hasta entonces desconocidas, canté con vehemencia durante una semana, durmiendo donde se pudiera, incluso ofrecí mis servicios a dos ancianos en unos baños públicos, y cuando por fin tuve en mis manos el dinero suficiente para cambiarme de ropa, y comprar un boleto, regresé.
Toqué a la puerta, extrañada de ver un moño negro en la entrada, mamá me abrazó llorando desde su silla de ruedas, papa había muerto, el coche se despeñó en una curva cuando regresaban de unas vacaciones.
Salgo a la calle uniformada de azul y blanco, el edificio de gobierno me recibe diariamente, recuerdo con un dejo de burla, que solía decir “yo nunca seré una burócrata”.
Me burlo porque es lo único que puedo hacer ahora, encadenada a la plaza que dejo papá, mirando tarde a tarde las mismas caras en el Vips, en las calles, las montañas que cuando niña prometían ocultos paraísos y ahora solo son barrotes de una cárcel imaginaria que yo misma he construido.
Con apenas 24 me doy cuenta que mi vida es una espiral que baja y baja, anciana prematura, mediocre pueblerina, enfermera de una inválida.
Han pasado exactos dieciséis minutos, me levanto, abro la ventana, Victoria se despereza ante mis ojos. ¡Bienvenida seas monotonía!

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